Apple ha pedido perdón en su web por la forma en la que comunicó la ralentización de viejos iPhones con batería degradada. La compañía ofrecerá recambios de batería a precio reducido durante todos 2018 (el cambio de batería para un iPhone fuera del periodo de garantía pasará a costar 29 euros en lugar de los 89 euros que la compañía suele cobrar) y en futuras versiones de iOS incluirá herramientas que comuniquen mejor el estado de salud de la batería.

Es importante recalcar este punto. La disculpa no es por reducir la potencia de estos viejos iPhones. Eso lo va a seguir haciendo cuando sea necesario para prevenir el apagado repentino de los dispositivos por falta de voltaje en una batería deteriorada. Revisará en el futuro el equilibrio entre potencia y optimización de la batería pero la alternativa (un teléfono que se apaga inesperadamente de forma constante) es evidentemente peor.

La empresa reconoce, no obstante, que no ha proporcionado información suficiente sobre este proceso y como afecta al rendimiento del teléfono. Y es cierto. No es común ver a Apple cometer un error de comunicación pero este es uno de esos casos. La forma en la que explicó la técnica que utiliza para proteger los teléfonos que empiezan a dar síntomas de fatiga en la batería ha tenido justo el efecto contrario al que se buscaba. Una medida destinada a alargar la vida útil de un dispositivo se ha convertido en la bandera de los obsesionados con el concepto de obsolescencia programada.

Todas las baterías de iones de litio envejecen. Todas, conforme acumulan ciclos de carga, empiezan a perder no sólo capacidad efectiva sino también la habilidad de proporcionar un voltaje mínimo constante. Eso hace que el dispositivo al que estén conectadas pueda apagarse de forma repentina. Pasa en los móviles de Apple y en los de Samsung, en los ordenadores, en las cámaras de fotos y en los cepillos de dientes eléctricos.

En el caso de Apple, no obstante, se juntan cinco circunstancias especiales que forman la tormenta perfecta, cinco puntos que convierten este problema en una situación grave para muchos usuarios.

El primero es que las baterías de sus dispositivos no son extraíbles. No son difíciles de cambiar, y algunos usuarios deciden hacerlo en casa por su cuenta y riesgo, pero no es igual de sencillo que cambiar la batería en otros teléfonos. Como no es igual de sencillo, tampoco es igual de barato y Apple es especialmente reticente a que talleres fuera de su servicio oficial cambien la batería porque una de baja calidad puede explotar, hincharse o causar todo tipo de problemas.

El segundo, que los iPhones tienden a durar en activo mucho más que los teléfonos de la competencia. Son móviles que mantienen valor en el mercado de segunda mano y son caros, así que se exprimen más antes de dejarlos olvidados en un cajón. Apple también da soporte y actualizaciones a los teléfonos durante mucho más tiempo que otros fabricantes, incentivando que su uso se prolongue.

El tercero es que Apple sigue siendo una palabra con “buen SEO” y los titulares que la contienen tienen muchas visitas. Guste o no en Cupertino cualquier problema es más problemático si le pasa a esta compañía, de la misma forma que cualquier éxito es más exitoso.

El cuarto, que muchas de las quejas de los usuarios de viejos iPhones no están relacionadas con este problema. Esta reducción de potencia para dispositivos con baterías degradadas se incorporó en la versión de iOS 10.2.1, hace un año. Las quejas del rendimiento de viejos iPhone cuando llegan nuevas versiones del sistema operativo son recurrentes y anteriores a esa fecha. Entre los usuarios siempre ha existido la sospecha de que el rendimiento en los teléfonos de más de dos años están muy abajo en la lista de prioridades de Apple cuando diseña nuevas versiones de iOS. Con el tiempo, conforme se pule el software, la situación puede mejorar pero pueden pasar meses hasta que los problemas más molestos se corrigen.

Varios usuarios de iPhone 6s comprados recientemente -y por tanto con baterías saludables- también se quejan de que el salto a iOS 11 ha vuelto sus dispositivos más lentos y Apple, ya se sabe, no da opción a volver a una versión anterior del sistema operativo.

La empresa reconoce en esta disculpa que el salto a una nueva versión del sistema operativo puede tener este efecto. “Inicialmente pensamos que esto se debía a una combinación de dos factores: un impacto de rendimiento temporal y normal al actualizar el sistema operativo a medida que iPhone instala un nuevo software y actualiza las aplicaciones, y errores menores en el lanzamiento inicial que se han solucionado desde entonces”, asegura.

Es lógico que cuando Apple crea una nueva versión de iOS lo haga aprovechando las características y avances de sus iPhones más recientes pero no asegurarse de que los usuarios con dispositivos más antiguos o con baterías algo gastadas tengan una buena experiencia acabará pasándole factura. A la larga, menos usuarios se atreverán a actualizar sus dispositivos cuando salga una nueva versión y eso perjudicará no sólo a Apple, sino a los desarrolladores de aplicaciones.

El quinto punto es tal vez uno de los más importantes en este compendio de problemas. Apple, por supuesto, es responsable de esta situación. Cada iPhone es un pequeño prodigio de la eficiencia. Nos maravillamos de lo que la compañía es capaz de hacer con baterías de menos capacidad o menos memoria RAM que sus rivales gracias a la optimización de los componentes y el software pero esta eficiencia tiene un coste a medio plazo. Cuando las cosas empiezan a fallar, no hay margen para corregir. Si en vez de 1 GB de RAM ese teléfono tuviera 2 o 4, la nueva función del sistema operativo que no está bien optimizada costaría menos moverla. Si la batería tiene más capacidad a pesar de ser más gruesa, podría perder algo de carga con los años sin poner en peligro la estabilidad del sistema.

El iPhone no debería diseñarse para ser el mejor teléfono del año en el que se lanza, sino el mejor teléfono de los dos siguientes.

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