Los periodistas, cada vez que tenemos crisis existenciales, acostumbramos a valorar varias salidas. La primera, sin duda, sería la más sencilla. Mandarlo todo a la porra y echarnos a la bebida. David Carr, difunta estrella del New York Times, que era un crápula, pero quizá también uno de los mejores reporteros de su generación, prefería fumar crack. Por aquello de hacerlo todo a lo grande. Ya alejado de los vicios, sólo consiguieron sacarlo del periódico con los pies por delante. A los 58 años. Amaba el oficio.

El que aquí escribe aún no ha alcanzado semejantes extremos. Así que opta por recopilar las razones por las que merece la pena continuar. Conviene recordar a los referentes. Aún guardo en la memoria el día en que José María Sirvent, mi primer maestro en este oficio, cogió el teléfono desde la habitación del hospital donde apuraba sus últimos días. No llamaba para lamentarse, o para recordar que de él ya se habían despedido CruyffClementeVan Gaal o incluso Maradona. Para nada. Lo que quería era dar un par de gritos y ordenar cuál debía ser el orden de la sección. José María murió con el periódico en la cabeza.

El periodismo ha cambiado una barbaridad. Es cierto. Somos esclavos del click, de las cadenas de producción, de las audiencias, del empresario y de los clientes. Ya no hay miedo a la errata o a la fiabilidad de la fuente, sino a la lista de despidos. El oficio se ejerce refugiado en oficinas sin alma -que ya no redacciones-, fuera que se nos escapara la última hora de turno.

Gerard Piqué no pretende ser periodista, por mucho que se haya propuesto entrevistar a amigotes entre chascarrillos. Tampoco lo es Bertín Osborne o esos personajes crepusculares que, en otros tiempos, nunca hubieran imaginado que sus tertulias de colonia Brummel interesarían a alguien. Todo ello forma parte de la cultura del entretenimiento, y así debe ser valorado. El periodismo debe incomodar, no hacer reír.

Carlos Zanón, que de escribir sabe un rato, decía el otro día a cuento de los best sellers: «Es torpe mirar desde arriba o desde abajo una novela». Y uno añadiría: también es torpe mirar desde arriba al periodismo. Más aún cuando los que nos dedicamos a esto perdemos el respeto al oficio.

Hace unos días, a este periodista se le ocurrió que podía ser interesante entrevistar a Rivaldo. Ya no sólo porque fuera uno de los mejores futbolistas de siempre, sino porque su vida, donde converge la miseria y la gloria, merece el reposo que sólo el periodismo puede transmitir. La respuesta de quien tenía la llave del encuentro resultó inquietante: «Podrás hacer la entrevista siempre y cuando no pases de cinco minutos. A cambio, la marca debe salir en la foto que ilustre la página». Cronómetro y anuncio publicitario. Todo en uno.

Nunca estuve más orgulloso de decir “no”. Aún amo el periodismo. Como Piqué ama el fútbol.

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