Nuevas advertencias sobre viejas verdades

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Un experto meteorólogo alertó ayer desde la tribuna de la Organización de las Naciones Unidas que “el mundo necesita prepararse para olas de calor más intensas”. El especialista sostuvo que “el número de olas de calor simultáneas en el hemisferio norte se ha multiplicado por seis en las últimas cuatro décadas”, una tendencia “que no muestra ninguna señal de disminución”.

Aunque parezca un lugar común, las consecuencias del cambio climático y del calentamiento global no son aceptadas de modo unánime en las filas de la alta política internacional. El incremento de la evidencia científica hace cada vez más insostenible negar esa realidad, pero los lobistas de esos intereses hacen todo lo posible para desincentivar a la gente de manera que sus motivaciones deriven en acciones. Uno de los razonamientos repetidos es que el calentamiento no es para tanto, que esas alarmas deben ser escuchadas con escepticismo, que no se debe poner cortapisas a la industrialización ni al progreso a partir de una agenda científica.

Tal negacionismo tiene todo que ver con la visión liberal de la economía; Los actores internacionales aducen que un buen camino para proteger al medio ambiente es importante y llevando a los máximos la libertad económica y la propiedad privada, pero detrás de esa posición se esconde una mezcla de desconocimiento e indiferencia ante la creciente fragilidad de los países de menor renta y del tercer mundo.

Las personas más pobres de los países en desarrollo son las víctimas de primera línea del cambio climático, como lo demuestra el saldo fatal de las sequías como de las lluvias torrenciales en la última década en Centroamérica. La violencia, la represión política y la falta de oportunidad siguen produciendo migrantes, pero la devastación derivada de los fenómenos climatológicos también ha sido motor de las olas de desplazados en este siglo.

La desigualdad también se traduce en la eficiencia con que tal o cual país puede prepararse para el futuro. Tanto para reducir el cambio climático como para adaptarse a sus consecuencias se necesita de ingentes recursos no disponibles sino para un pequeño grupo de estados. Lo único de lo que las regiones más vulnerables pueden echar mano es de la voluntad política, que tiene que ser automático a partir de la fragilidad y de la alta exposición a catástrofes de su población. Pero uno de los efectos de la ola de autoritarismo en la región es precisamente que se están negando los derechos de participación ciudadana en la discusión de la política ambiental, tal cual lo perseguía el Acuerdo de Escazú hace algunos años.

Sin voluntad política es poco probable o imposible la implementación de nuevos y necesarios instrumentos de mitigación, ya sea porque todos requieren de nuevas normativas, ya sea porque algunos no triunfarán si desde lo público no se ofrecen mecanismos de compensación a lo privado.

El cambio climático es pues una espada de Damocles cuyo filo más peligroso está sobre los de siempre, los países de menor renta, y además es un factor que, de no perseverarse en la concientización internacional, cincelará un futuro aún más desigual porque las catástrofes naturales suelen aumentar la relación del PIB per cápita entre los países más ricos y los más pobres. Este país, esta zona y este subcontinente lo saben.

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