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La pandemia de coronavirus ha tenido el efecto de un cataclismo en nuestra segura, pacífica y egoísta vida ordinaria. La incredulidad inicial ante el brutal efecto mariposa de lo ocurrido en la lejana China sobre nosotros, el acomodado occidente, ha dejado paso primero a la incertidumbre a medida que crecían las cifras de contagiados y de fallecidos, contra el optimismo inicial de los responsables de la sanidad, y luego al miedo, incluso la histeria, por el temor a algo desconocido que de manera tan drástica sacude nuestra vida.
Nos conmociona que las seguridades de nuestro organizado sistema de vida se tambaleen ante el embate de un enemigo inasible, insidioso e invisible contra el que carecemos de armas suficientes para luchar.
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