
Miguel salió rumbo a Montelimar en el municipio de Olocuilta, departamento de La Paz, a eso de la una de la tarde y luego a una llamada con un cliente que le solicitó gas propano. Su trabajo consiste en entregar productos a domicilio en la misma localidad. Ir y venir con pedidos a los barrios El Carmen, El Calvario y Cuyultitán era una tarea que, en los últimos siete meses, desarrollaba sin problemas en su motocicleta. A pesar de que requieren de cruzar territorios entre una pandilla y otra, rivales, para llegar a las comunidades.
Aquella tarde del 9 de abril, Miguel recogió en el despacho de productos, ubicado en el casco urbano de Olocuilta, dos cilindros de gas de 25 libras y se dirigieron hacia Montelimar. Al llegar, Miguel se detuvo en un control vehicular para limpiar las llantas de su motocicleta y ser rociado con una mezcla de alcohol y cloro en un ritual de desinfección que adoptó la comunidad para escapar del coronavirus durante la cuarentena domiciliaria que tuvo lugar el 21 de marzo . Ahí fue visto por última vez.
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