La gran peste, la epidemia que arrasó Londres

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Corría el año 1665 y en el Reino Unido en general y Londres en particular se vivía una calma tensa. Los comerciantes y marineros hablaban de aquella plaga, la “Muerte negra”, que se había llevado la vida de miles de personas y había reducido a grandes núcleos urbanos como Sevilla y Milán una ciudad fantasma. Quizás eran solo rumores, o quizás, como había sucedido en el pasado, una enfermedad, la peste, esperando el momento justo para extenderse.

¿Porqué llegó esta epidemia?

Las áreas portuarias a las afueras de la capital inglesa eran por entonces lugares donde la higiene brillaba por su ausencia. Las calles no estaban asfaltadas. Y tras cada llovizna estas se transformaban en un lodazal donde el barro se mezclaba con los excrementos de los animales que andaban libremente por las vías. Al efecto de reducir costes, los trabajadores se apiñaban en casas de un solo cuarto. y la ausencia de alcantarillado, agua canalizada e incluso de un servicio de recogida de desechos no hacía sino empeorarlo todo. Fue en esos primeros barrios del extrarradio, en concreto en la zona de S t Giles-inla–Camposdonde se dieron los primeros casos de peste bubónica en el invierno de finales de 1664 y principios de 1665. Si bien al afectar a la gente de bajo poder adquisitivo estos ni siquiera se registraron.

Se cree que la epidemia llegó en barcos mercantes holandeses que transportaban algodón desde ámsterdam, donde la enfermedad había estado asolando a los Países Bajos de forma intermitente desde hace una década. Ese invierno inusualmente frío pareció frenar ese primer brote de peste, pero desgraciadamente fue seguido por una primavera y un verano extremadamente caluroso que ayudó a extender la enfermedad. El primer caso registrado data del 12 de abril de 1665, cuando la aristócrata Margaret Porteus falleció días después de que se le hubieran localizado varias hinchazones en el cuerpo, constituyendo de este modo luna primera víctima oficial de dicha enfermedad.

Comienza la pesadilla de la peste

Aún a día de hoy se desconoce qué causó la enfermedad. Históricamente se ha identificado a la esta como una infección causada por la bacteria Yersinia Pestis, transmitida a través de las pulgas de las ratas, si bien también se considera que puede tratarse de alguna clase de fiebre hemorrágica viral. Sea como sea, la enfermedad, con un elevadísimo poder de contagio, no tardó en extenderse entre la población. El temor a la misma cundió entre los ciudadanos.

El mismo monarca Carlos II de Inglaterra, acompañado de su familia y su corte, huyeron de la ciudad en dirección a Oxford, y todos aquellos aristócratas y comerciantes acaudalados abandonaron la ciudad precipitadamente. Entre todos ellos sólo permanecieron el alcalde y los concejales, encargados de aplicar medidas de orden público, así como el arzobispo de Canterbury y otros cargos religiosos. También los pocos médicos que había, así como los barberos, decidieron, en su mayoría, permanecer.

Los fallecimientos no cesaban

A medida que avanzó el año además el número de fallecidos. De las 1.000 víctimas semanales que se contabilizaban en los primeros meses de primavera, se pasó rápidamente a 2.000, hasta llegar en septiembre a las 7.000. Debido a la fuga masiva de los más ricos y por tanto los únicos capaces de escribir, apenas se cuenta con testimonios sobre cómo pudo ser Londres durante esos horribles meses. Uno de los pocos es el del diarista y parlamentario Samuel Pepys.

En sus escritos se menciona como las calles quedaron prácticamente desiertas. Y solo el deambular de personas con fiebre y supurando sangre buscando algo que comer rompía el silencio. Por todas partes la gente lamentaba la muerte de algún familiar o amigo. Y las casas en las que dentro había personas con un estado muy avanzado de enfermedad eran cerradas por fuera y marcadas en rojo para evitar la propagación de la misma.

Medidas de control

Fruto de la ignorancia de la época se pusieron en marcha medidas de contención que en su mayoría fueron inútiles. Dado que se ignoraba la razón de la expansión de la misma. Y se creía que incluso era un castigo divino. Algunos propusieron simplemente rezar y pedir a Dios apiadarse de sus almas. Otros propusieron medidas menos aceptadas por la Iglesia y que casi bordeaban el límite de lo herético, como escribir la palabra “abracadabra” o presionar pollos contra las llagas abiertas hasta que estos murieran, dado que se consideraba un método para “descargar” la enfermedad contra ellos.

Algunas de las medidas tomadas fueron contraproducentes, como masacrar a la mayoría de gatos y perros que había en la ciudad y que hubieran sido útiles para acabar con las ratas que portaban las pulgas transmisoras de la enfermedad. Y como consecuencia del desconocimiento hubo otras simplemente inútiles, como fomentar el uso del tabaco o la quema de incienso y lúpulo al objeto de lograr olores fuertes, ya que se creía que la transmisión de la enfermedad se hacía a través del aire y su potencial de contagio disminuía cuando este estaba impregnado de determinadas fragancias.

Poco hicieron las autoridades públicas para atajar la raíz del problema, la suciedad, si bien cabe decir que algunas de las medidas que tomaron encaminadas a disminuir la concentración de la población fueron eficaces dado que evitaron una mayor expansión de la misma.

¿Un fuego purificador?

Para finales de ese año y comienzos de 1666 la enfermedad ya se había ralentizado. Seguía habiendo muertes, pero en mucha menor medida. Simplemente aquellos susceptibles de ser contagiados ya han fallecido. Es imposible hacer un balance sobre el número de víctimas, pero conforme a ciertos registros históricos se habla de un mínimo de 70.000 personas, si bien parece más realista una cifra ligeramente superior a los 100.000, lo que llegó a suponer casi una cuarta parte de la población de la capital. Por supuesto, el impacto fue desigual, y el peor caso fue en el pequeño poblado de Eyam, un pueblo en el norte del país donde una auto-cuarentena impuesta por sus propios habitantes para evitar la propagación de la enfermedad supuso que murieran el 75% de sus ciudadanos.

Durante ese año la situación había mejorado sustancialmente, lo que propició que el rey, su corte y todos aquellos que el año anterior huido de la ciudad volvieran a la misma. En la noche del 2 al 3 de septiembre se desata el conocido como “Gran Incendio de Londres“, What arrasó gran parte de la ciudad. Casi paralelamente la enfermedad desapareció. Algunos quisieron ver en ello una acción divina, una forma de purificación que muchos creyeron eficaz para eliminar de forma definitiva la plaga. Nada más alejado de la realidad, porque él mismo acabó afectando las zonas más céntricas de la urbe, dejando intactos algunos de los barrios del extrarradio donde la enfermedad había hecho más mella entre sus habitantes.

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