El gobierno de Mariano Gálvez fue uno de los más brillantes y progresistas de Guatemala. Era un visionario que entre 1831 y 1838 priorizó la educación y modernizó la legislación. En 1837 sobrevino una epidemia de cólera morbus, causada por una bacteria que dejó cientos de muertes. Se tenía alguna información específica acerca de que una de las vías de contacto podría ser a través del agua. Gálvez distribuyó médicos y ordenó a las tropas que vigilaban las fuentes públicas para evitar que las personas enfermas de cólera se acercaran a ellas. También comenzó un programa de desinfección de manantiales y fuentes de agua. La medida era motivo de molestias y limitaciones, pero era acertada. Sin embargo, se hizo correr entre la población, el rumor de que el presidente estaba mandando a envenenar el agua y lo atribuyeron a eso las muertes. Muchos lo creyeron. Había altas tasas de analfabetismo y fue aquel descontento que generó una crisis que puso fin a un período de avance. Y muchos más murieron.
Han transcurrido casi dos siglos y a pesar de tener mayor acceso educativo, avances tecnológicos y científicos todavía existen personas dedicadas a esparcir bulos, a pregonar datos falsos, a infundios a su conveniencia, aunque ello perjudica a la mayoría. Aún más increíble es descubrir que haya quien les crea.
El Ministerio de Salud dio a conocer ayer que 129 médicos se han infectado de covid-19, entre hospitales públicos, temporales y centros privados; siete han fallecido. A ellos se suman más de 150 trabajadores de enfermería que se han convertido en pacientes y cuya importante labor hoy hace falta en el combate de la enfermedad. Ayer también se confirmó 545 casos y se certificó 14 fallecimientos por coronavirus, con lo cual las cifras alcanzan 8.617 pacientes activos y 432 decesos: la propagación se encuentra en un pico de infecciones, cuya prolongación o reducción depende de las precauciones que tengamos la ciudadanía.
Existen personas en este país que parecen salidas del siglo XIX, con todo y un conjunto de limitaciones intelectuales, cerrazones dogmáticos, extremismos estériles y total rechazo a las evidencias científicas. Basta escuchar ciertos discursos carentes de lógica, inspirados en gustos o elucubraciones de otros personajes similares. Como si 200 años no hubiesen pasado, sigue teniendo razón el escritor francés Nicolas Boileau al decir que “un necio encuentra siempre otro necio aún mayor que le admira”. Los guatemaltecos somos decididos, solidarios, inteligentes, “chispudos”, diríase en tono coloquial. Estas cualidades deben ser ejercidas en el plano ciudadano para evitar difundir o compartir por redes sociales cualquier campaña infundada o poner en riesgo la salud general. La nobleza que caracteriza a la gran mayoría debe convertirse en la virtud que ponga freno racional, consciente y hábil a las histriónicas problemas de políticos, netcenteros e influenciadores negativos que se obstinan en negar el riesgo del coronavirus, quizás bajo la ilusa idea de que son autoinmunes
Es clave la intervención de los líderes religiosos para animar a sus congregaciones a seguir las prevenciones gubernamentales en favor del bien común. A toda persona de fe le hace falta, por supuesto, acudir a la misa, al servicio evangélico, a la oración en sus muertes temporales, pero aún no es el momento. Cabe recordar que el mismo Salvador dijo que el propio cuerpo era el templo del espíritu, y por eso hay que resguardarlo de los efectos del virus peligroso. Porque hoy en Guatemala hay médicos fallecidos que en lugar de quedarse seguros en su casa se dedicaron a servir y ofrecer su vida en el servicio de los demás. No se vale deshonrar su legado.

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