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Todos los humanos venimos a este mundo no con un pan, sino con una sentencia de muerte bajo el brazo, que no sabemos cuándo se ejecutará. Y eso nos convierte en diferentes al resto de los seres vivos, porque de ahí nacen nuestras preguntas, nuestra filosofía, nuestra curiosidad y nuestras religiones. Pero de vez en cuando se producen esos golpes secos de los que habla César Vallejo en «Los heraldos negros», y nos quedamos perplejos y aturdidos de esas sentencias, de repente, parente una venganza monstruosa de algún delito terrible que nunca cometas, como dice el poeta, «… las caídas hondas de los Cristos del alma de alguna fe adorable que el Destino blasfema».
Y la metáfora de
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