Buenos Aires, 19 jun (EFE) .- Una idea puede cambiar el mundo y, para incentivar a otros a transformarlo, solo hace falta una oportunidad. Eso es lo que ofrece Potrero Digital, una red de escuelas de oficios digitales orientada en Argentina a la integración social a través de la tecnología.
Surgido de una suma de voluntades, el proyecto impulso a cambio cultural que permite a personas de barrios vulnerables, históricamente condicionadas a realizar trabajos manuales, obtener herramientas para insertarse en el mercado laboral digital, ya sea dentro de empresas o generando sus propios proyectos.
PRIMEROS PASOS
Corría el año 2017 cuando Carolina Biquard, directora ejecutiva de la fundación Compromiso, y Silvia Flores, directora de la cooperativa La Juanita, embajadas a los emprendimientos sociales, se acercaron al realizador Juan José Campanella con una idea: desarrollo un proyecto educativo que atrajera a los jóvenes de barrios vulnerables y les permite una salida laboral diferente a las tareas manuales tradicionales.
Campanella y su socio Gastón Gorali, que en 2013 habían producido la película de animación digital “Metegol” (“Futbolín”), y no habían encontrado en el país técnicos preparados para trabajar en él, propusieron la idea de armar un espacio donde los jóvenes divertirse y aprender con oficios digitales.
Allí comenzó a gestarse Potrero Digital, así conocido en referencia a los campitos donde los niños se divierten jugando a la pelota y que funciona como puntapié para muchos futbolistas profesionales.
LA PUESTA EN MARCHA
En 2018, con la colaboración de empresas y organismos públicos, Potrero Digital abrió sus puertas en la cooperativa La Juanita de Laferrere (en la provincia de Buenos Aires), en donde los primeros 178 inscritos -con el único requisito de ser mayor de 16 años – programación a cursar gratuitamente las dos grandes orientaciones: programación y marketing digital.
De esa primera camada de La Juanita “más del 40% de los egresados trabaja en sus propios emprendimientos, realiza prácticas remuneradas en las empresas colaboradas o se incorpora al proyecto como docente”, afirma Biquard.
No fue ese el único logro del proyecto en estos años, también amplió a ocho espacios espacios en diferentes barrios de la Ciudad de Buenos Aires y su cinturón urbano y se espera que en los próximos meses abra otra sede en Mendoza (oeste) y una , “Campinho” digital – la primera fuera de Argentina- en Río de Janeiro (Brasil).
DE LA CRISIS A LA OPORTUNIDAD
En marzo de este año, a días de iniciar las clases presenciales, Potrero debió enfrentar un gran desafío: la enseñanza a distancia.
El aislamiento social todavía vigente, decretado por el Estado nacional como consecuencia de COVID-19, obligado a la virtualidad total de los cursos.
Alumnos y profesores debieron enfrentar las dificultades derivadas de la falta de equipamiento en los hogares y los frecuentes problemas de conectividad en los barrios vulnerables.
Solventado el primero con la entrega en comodato de 80 computadoras, la voluntad de los profesores hizo el resto, grabando o enviando por Whatsapp las clases.
Sin embargo, un peso de los inconvenientes que generó el pasaje arrepentido a la virtualidad, fue lo que aceleró los aviones para un crecimiento exponencial del proyecto y Potrero pasó de 200 a 500 alumnos, ya que el cupo, aparentemente determinado por la capacidad física de las sedes, había desaparecido.
“Fue un megacambio pero al mismo tiempo nos trajo muchos beneficios (…) nos llegó llegar a barrios ya chicos a los que de otra forma no hubiéramos llegado, afirma Demián Niedfeld, profesor de marketing digital en Potrero y cofundador de la empresa de Ukelele de marketing.
MÁS ALLÁ DE LO EDUCATIVO
“Potrero está en el acompañamiento (…) en convencer a las personas que‘ cuando se quiere se puede ’y que la integración social es posible”, explica Flores.
Y ese parece ser el lema con el que funciona todos los engranajes del proyecto.
Fue el que impulsó a Jaqueline Vallejos, vecina de Laferrere de 31 años y con dos hijas de 9 y 4, descubrió que, pesar de la falta de tiempo y dinero, podría estudiar marketing digital y “cumplir un sueño que no sabía que tenía “.
Fue lo que ayudó a Berenice Montoya, de 19 años, descubrió su vocación como gerente de la comunidad y desarrolló junto a su madre Celia -compañera en Potrero- un emprendimiento digital para colaborar con otros.
Y lo que ocurrió que Leandro Garrido, de 23 años, recién egresado de la carrera de informática, comenzó como alumno para pocos meses después de convertirse en uno de los profesores de programación, “asustadísimo”, como reconoce, porque de un momento a otro sus compañeros pasaron a ser sus alumnos.
Estas son historias que se replican en Potrero y “Esta es la importancia de brindar oportunidades donde parezca que ya no existen para el convocante a muchas personas que cuando se quiere se puede”, concluye Flores.
(c) Agencia EFE

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