A medida que las vistas sobre el asalto al Capitolio del 6 de enero se prolongaban a lo largo de la primavera y principios del verano, una especie de adormecimiento fue apoderándose del observador medio. Las sesiones incluso sonaban a hueco. Este sentimiento de desinterés no es un fenómeno reservado exclusivamente a los decididos de Trump (muchos considerando el proceso una «caza de brujas» perpetrada por el Partido Demócrata y un puñado de republicanos); también afecta a los enfoques de la investigación. Asistir una vez más a la presentación de nuevas pruebas de las fechorías del expresidente apenas ha causado conmoción, y ni siquiera sorpresa. Biden, que fue capaz de demostrar un renovador estadounidense en la escena internacional en Europa, no lo fue de alcanzar un consenso dentro de su partido. Su proyecto de ley Reconstruir Mejor se encontró en punto muerto, los tiroteos masivos proliferaban y la inflación y los precios de la gasolina estaban fuera de control. El índice de aprobación del presidente seguía siendo bajo. En su condición de formación política de un millón de grupos de interés, al Partido Demócrata le cuesta motivar al conjunto de sus electores y mantenerlos contentos después. Por ejemplo, la población negra, mayoritariamente demócrata, que fue crucial para llevar a Biden a la Casa Blanca en 2020, está bastante inquieta a causa de la incapacidad del presidente de aprobar la legislación sobre el derecho al voto. Asimismo, a pesar del caos que cundió en el país tras la anulación del dictamen Roe contra Wade, no parece que los demócratas se hayan movilizado tanto como se esperaba, si bien últimamente ha presionado el número de mujeres que se registran para votar. Ni siquiera los proyectos de ley sobre infraestructuras y para el control de armas apoyados por ambos partidos han contribuido demasiado a reforzar la popularidad del Gobierno este verano. En general, los demócratas no suelen participar masivamente en las elecciones de mitad de mandato. Entre finales de julio y principios de agosto, a medida que los comicios se acercaban más y más, la situación parecía todo menos buena. Al fin y al cabo, mientras que Trump seguirá siendo Trump, ¿qué estaba haciendo exactamente el Partido Demócrata? Es verdad que suavizar las fracturas del deterioro democrático no es tarea fácil, sobre todo después de que la fe en el propio sistema se haya tambaleado. Trump terminó abandonando la Casa Blanca, pero hizo todo lo posible por quedarse cuando envió una turba furiosa al Capitolio con pleno conocimiento de que estaba armada y lista para luchar. A esto se añade el reciente registro de Mar-a-Lago. Supuestamente, algunos de los documentos podrían haber puesto en peligro a fuentes de los servicios secretos de todo el mundo, pero así y todo, el expresidente sigue teniendo apoyos. El propio Trump podría hacer pública su candidatura a la presidencia en 2024 en cualquier momento, aunque es posible que se esté planteando posponer un anuncio tan precipitado. Comunicarlo antes de las elecciones legislativas podría perjudicar a los republicanos al hacer que los resultados de este referéndum de mitad de mandato pesaran contra el expresidente en vez de contra Biden, sobre todo teniendo en cuenta los problemas legales de Trump. Esto es exactamente lo que quiere el Partido Demócrata. ¿Acaso no le salió bien en 2020? Una precisión: le salió bien por los pelos. Fue una carrera muy reñida. El Comité de Campañas Demócratas del Congreso (DCCC, por sus siglas en inglés) ha invertido 43 millones de dólares declarados en las campañas a las primarias de los republicanos que no aceptan el resultado de las elecciones, con la esperanza estratégica de que sus candidatos demócratas tendrán más posibilidades de derrotar a republicanos extremistas. Se trata de una vía arriesgada, en primer lugar porque han favorecido que los ultras accedan al Gobierno, y en segundo, porque apesta a hipocresía. Lo que los votantes republicanos necesitan, no solo para estabilizar su propio partido, sino el sistema en su conjunto, son candidatos viables que actúen dentro de los límites del sistema democrático, y no más radicales. Los demócratas están jugando un juego a corto plazo que no tiene en cuenta la salud general de la democracia estadounidense. En el esfuerzo por encontrar el bien común de una sociedad dentro de la pluralidad de opciones, Robert A. Dahl lo expresaba así: «La oportunidad de estar en desacuerdo sobre opciones específicas constituye la razón misma para valorar los acuerdos que hacen posible esa oportunidad» . Por lo tanto, el desprecio a las instituciones democráticas no es una opción, ni directa ni indirectamente. Si el sistema democrático se derrumba, en la autocracia que venga después no habrá alternativas por las que optar. Durante las últimas semanas del verano algo fue cambiando poco a poco a favor de los demócratas. Aunque hay quien señala la combinación de juicios inminentes contra Trump (el 6 de enero, sus negocios personales o el registro de Mar-a-Lago) como la causa detrás del giro, por sí sola no habría bastado para cambiar el rumbo. Los pronósticos actuales sobre las elecciones de mitad de mandato muestran incluso que los demócratas podrían no perder el control del Congreso, como se preveía. Los independientes se están dejando convencer. Lo que ha pasado, además de la bajada del precio de la gasolina, es que Biden llegó por fin a un acuerdo con Joe Manchin III, el senador demócrata del Estado carbonero de Virginia Occidental. Biden consiguió un paquete social-sanitario-climático-económico en la Ley de Reducción de la Inflación, y Manchin, un gasoducto a través de los Apalaches, entre otras cosas. Los demócratas por fin tienen algo que mostrar para tener el control de las dos ramas del Gobierno: acción proactiva en vez de estancamiento en un callejón sin salida. Al mismo tiempo, se ha apaciguado a toda una serie de grupos de interés, no tanto como estaba planeado, pero apaciguado al menos. Ahora veremos cuántos de esos extremistas republicanos que no coinciden los resultados de las elecciones salen elegidos en noviembre. Si salen elegidos esos republicanos, los demócratas, a su manera indirecta, habrán conseguido sabotear la mismísima institución democrática –el sistema electoral– que los llevaron al poder. ¿Les suena? Lo que está claro es que los demócratas no pueden –es más, no deben– limitarse a depender de Trump como la antítesis del bien común del pueblo para justificar su posición en el Gobierno. De modo que, sí, puede que Biden tenga sus razones para insistir en que esta es una lucha por el «alma de la nación», y en que lo que está en juego en gran medida es la supervivencia de la democracia estadounidense. No está, ni mucho menos, equivocado, pero no se trata solo de eso. Demostrar lo que el Partido Demócrata no es en lugar de lo que es no basta, sobre todo para una formación política que carece de intereses comunes amplios. En ausencia de una acción política eficaz, la atracción por la ortodoxia ideológica es fuerte a uno y otro lado del pasillo. SOBRE EL AUTOR Beth Erin Jones es doctora por la Universidad Autónoma de Madrid y analista política.
¿Qué ha estado haciendo Biden?

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