Allá donde acaban los Hamptons


Después de Montauk, la nada, solo la inmensidad atlántica. The End, que le llaman.

Será esa sensación de fin del mundo lo que hace que este territorio atraiga a los adinerados y a celebridades. Es más que una leyenda urbana que esos afortunados se evitan las colas en la carretera y observan la caravana desde la comodidad del helicóptero.

En este Fisterra del estado de Nueva York, allá donde se acaba el codiciado territorio de los Hamptons, en este lugar encontró acomodó Paul Sladkus hace ya una décadas.

Se ha pasado los últimos cuatro meses confinado en su piso de Manhattan. “Ni siquiera he visto a mis nietos”, asegura. Ahora, levantadas en parte las restricciones por el coronavirus, disfruta de la piscina al aire libre (el interior continúa cerrada) del Montauk Manor, el histórico complejo residencial estilo Tudor, en el que hace años se compró un apartamento. “Vengo de Nueva York y aquí encuentro la calma”, dice.




Sigue siendo un pueblo de pescadores, explica un veterano, al que han llegado jóvenes con limusinas

Sladkus ejerció durante 39 años como productor y ejecutivo televisivo en la CBS y la PBS, con 150 programas a sus espaldas, como Sonny y Cher o El show de Carol Burnett . En 1985 creó su propia compañía y desde 1998 realizó las transmisiones en internet de Good News, una organización sin ánimo de lucro que difunde “buenas noticias”.

Eligió este paraje en la cima de la colina, y no a pie de playa, porque “es un lugar excepcional, desde el que se divisa el océano, el estanque y la bahía, con unas asombrosas puestas de sol”, remarca. Sin los agobios del tránsito de veraneantes de ahí abajo, rodeado en la noche por las estrellas, las de la bóveda celeste y no las efímeras de la fama.

Eso que Sladkus exploró hace tiempo es hoy un descubrimiento para muchos en este raro verano de pandemia, en el que las vacaciones son de proximidad: a 190 kilómetros de Manhattan.

Antes de llegar a este destino se atraviesa por esas ciudades muy bien cuidadas –Southampton, East Hampton o Amagansett–, en las que casonas de brillo y precios elevados se atisban guarecidas detrás de la vegetación.

Pero Montauk, con su distintivo faro que mandó construir George Washington, es diferente. Da la sensación de ser un lugar a medio hacer, lo que contrasta con los coches deportivos –Ferrari, Maserati o BMW– que circulan o están aparcados en sus calles.



La gasolinera del centro parece sacada de un viejo almanaque de la década de los cincuenta.

“Todavía es un pueblo de pescadores”, recalca Sladkus.

“La ciudad no se ha transformado demasiado. No dejan edificar, las cadenas de comida rápida no están permitidas y solo el 20% de Montauk está ocupado. El resto es naturaleza ”, subraya.

“La gran diferencia es la multitud que viene en verano. Ha cambiado, hoy la escena es más joven ”, recalca. “En esencia, muchos lo han descubierto. Nunca había visto una limusina con gente joven como hoy en día ”, indica.

El acceso a numerosas playas esta vetado a los foráneos mediante el acceso a los aparcamientos. Solo los vehículos con el distintivo de residentes tiene autorización a aparcar. Así que a veces hay que emprender una caminata desde donde se estaciona el coche o darle al pedal.

Resulta fascinante como, a partir de media tarde, procesiones de hispanos plantan sus toallas, sus sombrillas, sillas y neveras portátiles en la arena. Reuniones familiares al acabar los turnos laborales. Hay ricos y, a su vez, hispanos que trabajan para mantener esa alta calidad de vida del entorno.

Queda el recurso del litoral abierto a todos en el centro de Montauk. “Es un sitio maravilloso, con bonitas playas y casas”, réplica de Sladkus para explicar la atracción que sienten los ricos. “Además, hay personas con mentalidad social, que benefician a grandes causas. Parte del ADN de los Hamptons es ser caritativo y lucir bien haciéndolo ”.



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